Oviedo perdió dos veces
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Por: Carolina Díaz Reyes
Juan Daniel Oviedo es, probablemente, una de las figuras que más pierde después de los resultados de la primera vuelta presidencial. No porque hubiera sido candidato presidencial en propiedad. No porque su nombre estuviera en el tarjetón como cabeza de fórmula. Pierde porque llegó a esta campaña con una marca política en ascenso, con una reserva de credibilidad técnica poco común en Colombia y con una ruta casi natural hacia la Alcaldía de Bogotá en 2027. Y sale de la primera vuelta obligado a explicar una decisión que le costó identidad y coherencia ante una parte importante de su base natural.
Oviedo había sido una revelación política. Primero, en la Alcaldía de Bogotá de 2023, donde logró instalarse como una figura ciudadana, técnica, distinta y competitiva. Después, en la consulta de marzo de 2026, donde confirmó que su capital electoral no era un accidente, sino una plataforma real. Ese resultado le dejaba servida una candidatura potente para Bogotá: reconocida, con voto de opinión, con capacidad de conversación en sectores de centro, centro derecha moderada y centro izquierda no petrista. Pero la política no solo premia el crecimiento. También castiga los movimientos mal calculados.
El acuerdo con Paloma Valencia para ser su fórmula vicepresidencial se vendió bajo el argumento de “encontrarse en la diferencia”. En teoría, era una jugada interesante: una figura técnica, urbana y de centro acompañando a una candidata de derecha con estructura, partido y reconocimiento nacional. En la práctica, terminó siendo una operación más costosa para Oviedo que para Paloma. A Paloma le sumaba amplitud. A Oviedo le restaba nitidez.
Su electorado natural no era necesariamente uribista. Tampoco era petrista. Era, sobre todo, un electorado que veía en él una alternativa técnica, moderna, urbana, menos rabiosa y menos ideologizada. Un electorado que podía valorar la diferencia, sí, pero no necesariamente acompañar un proyecto presidencial cargado con los símbolos, reflejos y heridas del uribismo tradicional. Ahí empezó el desgaste. La campaña intentó construir matices de confrontación que terminaron alejando a Oviedo de su activo más valioso: el recuerdo del director del DANE serio, preciso, técnico, pedagógico y confiable. El Oviedo que el país recordaba era el de los datos, no el del rifirrafe. El de la explicación, no el de la reacción. El de la solvencia, no el de la sobreexposición emocional.
El reto a Abelardo de la Espriella para encontrarse en el Chorro de Quevedo, algunas declaraciones desafortunadas en medios y el bucle permanente de respuesta a los ataques de un electorado de derecha terminaron por desdibujarlo. La campaña lo sacó de su zona de autoridad y lo llevó a un terreno donde no tenía ventaja comparativa: la confrontación simbólica con sectores que nunca lo vieron como propio.
En política, las matemáticas no son exactas. Dos más dos no siempre da cuatro. Pero hay sumas que claramente restan. Y en este caso, el resultado de Paloma Valencia golpea de manera directa a Juan Daniel Oviedo. Porque si la apuesta hubiera sido exitosa, él habría podido reclamar visión, audacia y capacidad de ampliar una coalición. Pero con una votación débil, el costo reputacional queda casi intacto y el beneficio electoral desaparece. El problema no es solo haber perdido. El problema es con quién se perdió, cómo se perdió y qué huella deja esa pérdida.
Si Oviedo mantiene su aspiración a la Alcaldía de Bogotá en 2027, tendrá que enfrentar una pregunta incómoda: ¿cómo reconstruir confianza en un electorado que lo veía como alternativa a la polarización política, después de haber terminado asociado a una candidatura que se alineó con Álvaro Uribe Vélez y luego con Abelardo de la Espriella? Ese no es un detalle menor. En Bogotá, especialmente en el voto de opinión, el respaldo al uribismo tiene costos. Y en el caso de Oviedo, esos costos son mayores porque su promesa original no era representar una derecha tradicional, sino una política técnica, distinta, ciudadana y menos atrapada en las guerras de siempre.
Su decisión de apartarse del respaldo de Paloma Valencia a Abelardo de la Espriella de cara a la segunda vuelta es una señal de coherencia frente a su electorado. Pero no es suficiente. Sirve para marcar distancia, pero no olviarán el espaldarazo al expresidente Uribe en el cierre de campaña.
La pregunta ahora es hacia dónde irá Oviedo. Puede intentar volver al centro técnico y reconstruir su identidad desde Bogotá. Puede insistir en una narrativa de independencia, asumiendo que su paso por la fórmula de Paloma fue un experimento de amplitud que no funcionó. O puede quedar atrapado en una zona gris, sentándose con Claudia López, Sergio Fajardo y otros, cayando en lo que tanto lo diferenciaba: parecer politiquero.
Juan Daniel Oviedo llegó a esta campaña como una figura con proyección propia. Sale de la primera vuelta con una tarea urgente: demostrar que no fue absorbido por una campaña ajena, que todavía tiene una voz reconocible y que su capital político no quedó hipotecado en una derrota que, paradójicamente, no encabezó, pero sí terminó pagando. Como lección, en política el riesgo mayor no es perder una elección, sino perder el lugar desde donde se podía ganar la siguiente.



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