Anatomía del relato político: Elecciones Colombia 2026
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Por: Miguel Jaramillo Luján
En la consultoría política, el análisis no se hace desde la comodidad del escritorio, sino desde el terreno de la práctica. Los debates al estilo Kennedy-Nixon son piezas de museo; hoy, las campañas se libran en la arena digital y en el ecosistema mediático, donde la puesta en escena y el choque discursivo mueven las emociones del electorado.
La construcción de una narrativa política sólida y persuasiva se sostiene sobre tres vertientes:
Política pública: El sustento técnico que bebe directamente del programa de gobierno.
Psicológica: La capacidad de influir en el equilibrio del poder y conectar con las posturas de los diferentes actores (empresarios, líderes territoriales, indecisos, estructuras partidistas).
Impacto periodístico-mediático: El encuadre (framing) diseñado para generar titulares, posicionar al candidato y, a escasas horas del Día D, inclinar la balanza en las complejas franjas de indecisos.
Pasando estos elementos por el filtro de la "política real", analizamos el discurso y la estrategia de cinco figuras del panorama nacional en estas elecciones presidenciales de Colombia.
Abelardo de la Espriella
Sintácticamente, De la Espriella busca una conexión directa y coloquial. Su discurso se ancla en un mensaje de "mano de hierro" y autoridad frente a la protesta y el vandalismo. Aunque plantear soluciones extremas para coyunturas complejas es un juego peligroso, su objetivo es claro: posicionarse como el heredero de la seguridad democrática.
Sin embargo, su mayor fortaleza radica en su plasticidad comunicacional. Adapta su tono, acento y expresión no verbal dependiendo de la región que pisa. Además, comprende el pragmatismo de la movilización territorial: mientras otros candidatos niegan sus alianzas, él suma el respaldo de estructuras tradicionales (como clanes políticos en la Costa) de manera silenciosa, sin tener que darle explicaciones a la opinión pública. Mediáticamente es contundente, aunque al revisar su plan de gobierno, la vertiente de política pública resulta superficial.
Iván Cepeda
La narrativa de Cepeda no apunta a un Estado mínimo, sino a uno profundamente subsidiario y expansivo. Sus propuestas y su concepto de "gobierno popular" evocan la clásica dialéctica de la lucha de clases, resonando con las bases de la teoría socialista y emulando modelos regionales donde la propiedad y el control estatal se radicalizan.
Más que un pragmatismo legislativo, su relato busca profundizar el cambio a través del discurso. Esto se alinea con la estrategia del actual gobierno de acudir a la vía del decreto (en salud, pensiones, Ecopetrol) para saltarse los bloqueos institucionales. Es una narrativa que le habla estrictamente a su nicho más ideologizado.
Paloma Valencia:
La propuesta de Valencia de crear una gran central de compra de medicamentos y agilizar el Invima bajo el mando de su Vicepresidente, Juan Daniel Oviedo, es una clásica medida efectista. Busca capitalizar el miedo y la indignación del ciudadano ante la crisis del sistema de salud generada por la actual administración, el famoso Chuchuchú de Petro. No obstante, en términos de política pública, es una intervención al mercado que roza la inviabilidad operativa y legal.
Pero su mayor error narrativo es táctico: afirmar rotundamente que "no hace acuerdos burocráticos". En la política real, todo candidato necesita el apoyo de las estructuras territoriales y la clase política para la movilización electoral. Al negar una dinámica inherente a las campañas, pierde credibilidad y se ve forzada a dar explicaciones constantes, enredándose en un relato que choca con la realidad. Pues el ciudadano de pie el recibir el apoyo político incluye una transacción burocrática. Negar la constantemente solamente profundiza la convicción del ciudadano de que sí hay un acuerdo burocrático de fondo.
Sergio Fajardo
Fajardo, con su olfato de periodista, sabe cómo titular para los medios. Sus frases recientes no buscan profundidad programática, sino impacto mediático en un intento por sacudirse el estigma de la "tibieza".
Al calificar la Paz Total como "un fracaso total", busca un desmarque radical del gobierno Petro, un giro que denota la mano de estrategas que intentan endurecer su imagen. Sin embargo, su retórica a veces lo traiciona, revelando heridas del pasado. Cuando habla de la "amargura" política, proyecta una imagen egocéntrica, anclada en el trauma de la consulta de 2022, perdiendo de vista la conexión emocional con las necesidades actuales del elector. La campaña de Fajardo se centró en cazar el titular y la huir de la "tibieza", sin mucho éxito.
Claudia López
Claudia López comete uno de los errores semióticos más estudiados en la comunicación estratégica: la táctica de la negación. Al igual que Richard Nixon con su "No soy un delincuente" o el clásico "No pienses en un elefante" de George Lakoff, cuando López afirma "No es que yo sea petrista", el cerebro del elector inmediatamente la asocia con el petrismo. Teniendo en cuenta la celebración semiótica que hizo tras la victoria de Petro en 2022, su relato requiere una desvinculación mucho más sofisticada que la simple negación.
Simultáneamente, busca proyectarse como la "Mujer de hierro" frente a la delincuencia, capitalizando su paso por la Alcaldía de Bogotá. Cuestiona con contundencia la política de sometimiento y paz del actual gobierno, pero camina sobre una línea delgada: en un país altamente sensible a las realidades de seguridad, su encuadre discursivo a veces resulta contradictorio frente a la complejidad del crimen organizado y su tratamiento político.
Al final de la contienda, la anatomía de un relato ganador en Colombia exige mucho más que un buen documento programático; demanda una perfecta sincronía entre el fondo, la forma y la estructura. El electorado es implacable frente a la disonancia: castiga la incoherencia entre la táctica mediática y lo que el candidato realmente proyecta, incluso desde su propia expresión no verbal en el atril. De cara al "Día D", la victoria no será para quien cace el titular más impactante, ni para quien se esconda en negaciones torpes, sino para aquel capaz de articular una narrativa que resista la fricción del territorio, movilice las emociones de un país fragmentado y transforme la estrategia discursiva en una contundente realidad en las urnas. Nos vemos con los resultados.


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