La industria del periodismo murió - Reflexión en el día del periodista en Colombia
- MPG
- hace 1 día
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La industria del periodismo, tal como la conocimos, está muerta. No está “en crisis”, no está “en transición”: se acabó ese modelo. Se acabó la idea de que la información se financiaba sola con avisos. Se acabó la fantasía de que el medio era el lugar natural donde el público iba a enterarse de lo importante. Se acabó, también, el monopolio del micrófono. Hoy cualquiera publica, cualquiera opina, cualquiera “informa”. SOMOS PROSUMIDORES. Y el problema no es la democratización del acceso, el problema es que la economía de la atención no premia la verdad, sino que premia la adrenalina.
Hay una escena repetida que describe el estado actual del periodismo: una noticia real, compleja, con consecuencias públicas, compite en igualdad de condiciones con un rumor, un video recortado, una frase sacada de contexto, una acusación sin pruebas, un “hilo” armado para indignar.
Por eso la industria está muerta; porque su propuesta histórica era “yo ordeno el mundo y te lo explico”, pero el mundo hoy no se ordena por jerarquía editorial. Se ordena por estímulos. Y el periodismo, si quiere seguir existiendo, tiene que aceptar un punto incómodo: ya no compite por informar; compite por ser relevante sin traicionarse. Esa es la reinvención: volver a ser necesario en un ecosistema que no necesita a nadie para publicar. ¿Y cómo se reinventa algo que nació para ser intermediario cuando la intermediación se volvió sospechosa? Con dolor. Con decisiones duras. Con renuncias. Con un cambio de identidad.
Primero, tiene que dejar de fingir que todo es noticia y volver a entender que su valor es el método. El periodismo no es “contenido”. Es un proceso: verificar, contextualizar, contradecir al poderoso, incomodar con evidencia. Si eso no se nota, si eso no se ve, si eso no se cuenta, la audiencia asume que es más de lo mismo. La reinvención empieza cuando el medio muestra cómo trabaja, cómo corrige, qué sabe y qué no sabe. Transparencia radical. No como gesto moral, sino como estrategia de supervivencia.
Segundo, tiene que abandonar el espejismo del volumen. La obsesión por publicar mucho es una trampa industrial. A más piezas, más dependencia del clic, más desgaste, más superficialidad. La industria tiene que pasar de “cantidad” a “autoridad”: menos temas, mejor cubiertos; menos titulares, más seguimiento; menos primicias huecas, más continuidad. El periodismo que no da seguimiento hoy es reemplazable.
Tercero, tiene que redefinir su relación con la audiencia. El público ya no es masa; es una comunidad fragmentada. Y eso exige una apuesta por la pertenencia. El periodismo se financia cuando se vuelve parte de la vida de la gente, no cuando aparece como un ruido más en el feed. Esto implica un cambio de lenguaje y de producto: explicar mejor, escuchar más, corregir rápido, reconocer límites, y dejar de hablar desde un pedestal.
Cuarto, y quizá lo más incómodo: tiene que cerrar la puerta a una parte de los incentivos que lo están matando. Titulares diseñados para indignar, opinadores reemplazando reportería, “debates” montados para pelear, y una pereza editorial que confunde ruido con impacto.
Ahora bien, decir que la industria está muerta no es decir que el oficio está muerto. El oficio, de hecho, se vuelve más vital en este contexto. Pero para que el oficio sobreviva, los medios tienen que dejar de actuar como fábricas y convertirse en instituciones de confianza. Y eso, en términos empresariales, significa algo brutal: cambiar el modelo de negocio para que el rigor sea rentable.
Si el periodismo no se reinventa, no solo desaparecen los medios, desaparecen controles. Y cuando eso pasa, gana el abuso. Gana el que manipula mejor. Gana el que más pauta. Gana el que más grita. Y entonces la política deja de ser una disputa de ideas y se vuelve una disputa de percepciones sin el árbitro imperfecto que solía ser el periodismo.

Así que sí: la industria murió. La pregunta es si tendrá la lucidez —y el coraje— de volver a nacer con otra piel. Menos dependiente del algoritmo. Más obsesionada con el método. Más cercana a comunidades reales. Más humilde para corregir. Más dura para investigar. Y más inteligente para cobrar por el valor que produce.
Porque en adelante
, el periodismo no va a sobrevivir por ser “importante”. Va a sobrevivir por ser irremplazable. Y eso no se logra con clics. Se logra con una verdad trabajada. Con cicatrices. Con método.